Un primer motivo para que las mujeres no hayan entrado con buen pie en la filosofía es que los hombres no se han mostrado muy propensos a recibirlas. El que es reconocido oficialmente como el primer filósofo, Tales de Mileto, ya se declaraba “en deuda con la fortuna por haber nacido humano y no animal; hombre y no mujer, griego y no bárbaro.” (frag. a1 s33). Las penalidades de las mujeres para entrar en el grupo de los filósofos prosiguieron con los esfuerzos de Axiotea para poder asistir a lo que le estaba vetado, las clases de Platón. No le quedó otra que disfrazarse de hombre para poder colarse furtivamente.
Otro detalle que avala el argumento que delata la “adaptación” a la que se ha visto obligada la mujer es la masculinización por la que han tenido que pasar algunas féminas para ser asumidas o asumirse como “filósofos”. Simone Weil, educada más como un chico que como una chica, replica a sus padres por carta diciendo literalmente: “Tu hijo respetuoso”. Para el caso de Simone de Beauvoir es su pareja, Sartre, el que la asume como un varón pensante a decir que “lo maravilloso de Simone de Beauvoir es que tiene la inteligencia de un hombre”. Simone se pronunciaba al respecto diciendo: “Mi feminidad no me ha hecho sufrir. Al contrario, he sumado a partir de los veinte años las ventajas de los dos sexos.”
De entre las primeras mujeres filósofas tenemos a la cínica Hiparquía, la pitagórica Teano, la estoica Porcia, la neopitagórica Julia Domna o a la recientemente más famosa Hipatía. Sin embargo, además de la clara inferioridad numérica respecto a los filósofos, ninguna de ellas propone un pensamiento innovador. El patrón que se repite entre este grupo de “primeras filósofas” es el de asumir el pensamiento del varón al que están más próximas (marido, padre, etc…) sin llegar a discutirlo abiertamente. Así tenemos que Teano se mantiene en la línea de su esposo Pitágoras; Hipatía en la de su padre Teón de Alejandría; Porcia sigue también la línea de su padre, Catón de Útica, al tiempo que asume la de su marido, Marco Junio Brutto. Esta misma relación también se repetirá en épocas posteriores con Suzanne Bachelard, hija del también filósofo Gastón Bachelard o con Simone de Beauvoir, compañera de Jean Paul Sartre.
Se da el curioso caso que los filósofos suelen estimularse para bien o para “mal” con un maestro (Aristóteles mediante Platón, Platón mediante Sócrates, Sócrates mediante Pródico de Ceos, Pródico mediante Protágoras, Protágoras por Demócrito, Demócrito mediante Leucipo, Leucipo a causa de Zenón de Elea, Zenón debido a Parménides, Parménides por Jenófanes, Jenófanes por Anaximandro y Anaximandro mediante Tales de Mileto), mientras que las filósofas captan la influencia del mencionado “varón próximo”. En principio la excepción estaría en Hannah Arendt, que tuvo entre sus mentores a pensadores como Husserl, Heidegger, Rudolf Bultmann o Karl Jaspers.
Precisamente Hannah Arendt es también un ejemplo de la orientación principal de las filósofas, la política. En esta larga lista se encuentran Rosa Luxemburg, Edith Stein, María Zambrano, Ayn Rand, Simone Weil, Jeanne Delhomme, Ruth Marcus, o Simone de Beauvoir. También es verdad que hay alguna excepción como el caso de Ruth Barcan que, en lugar de la orientación política, tuvo como principal actividad la lógica. Consecuentemente acaba por predominar en la búsqueda de la mujer filósofa algún tipo de situación humana (y no un simple constructo intelectual) al final de su pensamiento. Así, si tomamos como ejemplo ilustrativo la pareja Sartre- Beauvoir, se podría decir que mientras que en el hombre se hace “la doctrina” (en este caso el existencialismo), en la mujer el partido se decanta por “la acción” (en este caso feminismo). Si el hombre quiere cambiar todo el mundo, la mujer prefiere centrarse en cambiar preferentemente la condición del ser humano.
Lo curioso de las mujeres es que cuando deciden aplicarse a estas disciplinas lo hacen hasta el límite. Rosa de Luxemburgo, Margaret Fuller o Simone Weil tienen una vocación política que llega hasta la revolución. Edith Stein, Simone Weil, Teano e Hipatía llegan al misticismo cuando se aplican en religión. Ruth Marcus, pese a ser un caso atípico entre las filósofas, también asume esta “condición límite” cuando busca los márgenes de la lógica en el formalismo más absoluto.
Aunque siempre habrá dudas sobre el peso e importancia de la histórica marginación social de la mujer en cuanto a su actividad filosófica, también hay que tener en cuenta que la filosofía es una de las pocas actividades para las que llega como requisito suficiente el tener un cerebro y ganas de pensar. En cuanto a esto se podría decir que las mujeres se encuentran en igualdad de condiciones respecto a los hombres. Si la cuestión sociológica hubiese sido tan determinante quizás habría que esperar que, al menos de manera furtiva, hubiesen aparecido una mayor cantidad de textos que demostrasen la producción filosófica de las mujeres.
Otro detalle que avala el argumento que delata la “adaptación” a la que se ha visto obligada la mujer es la masculinización por la que han tenido que pasar algunas féminas para ser asumidas o asumirse como “filósofos”. Simone Weil, educada más como un chico que como una chica, replica a sus padres por carta diciendo literalmente: “Tu hijo respetuoso”. Para el caso de Simone de Beauvoir es su pareja, Sartre, el que la asume como un varón pensante a decir que “lo maravilloso de Simone de Beauvoir es que tiene la inteligencia de un hombre”. Simone se pronunciaba al respecto diciendo: “Mi feminidad no me ha hecho sufrir. Al contrario, he sumado a partir de los veinte años las ventajas de los dos sexos.”
De entre las primeras mujeres filósofas tenemos a la cínica Hiparquía, la pitagórica Teano, la estoica Porcia, la neopitagórica Julia Domna o a la recientemente más famosa Hipatía. Sin embargo, además de la clara inferioridad numérica respecto a los filósofos, ninguna de ellas propone un pensamiento innovador. El patrón que se repite entre este grupo de “primeras filósofas” es el de asumir el pensamiento del varón al que están más próximas (marido, padre, etc…) sin llegar a discutirlo abiertamente. Así tenemos que Teano se mantiene en la línea de su esposo Pitágoras; Hipatía en la de su padre Teón de Alejandría; Porcia sigue también la línea de su padre, Catón de Útica, al tiempo que asume la de su marido, Marco Junio Brutto. Esta misma relación también se repetirá en épocas posteriores con Suzanne Bachelard, hija del también filósofo Gastón Bachelard o con Simone de Beauvoir, compañera de Jean Paul Sartre.
Se da el curioso caso que los filósofos suelen estimularse para bien o para “mal” con un maestro (Aristóteles mediante Platón, Platón mediante Sócrates, Sócrates mediante Pródico de Ceos, Pródico mediante Protágoras, Protágoras por Demócrito, Demócrito mediante Leucipo, Leucipo a causa de Zenón de Elea, Zenón debido a Parménides, Parménides por Jenófanes, Jenófanes por Anaximandro y Anaximandro mediante Tales de Mileto), mientras que las filósofas captan la influencia del mencionado “varón próximo”. En principio la excepción estaría en Hannah Arendt, que tuvo entre sus mentores a pensadores como Husserl, Heidegger, Rudolf Bultmann o Karl Jaspers.
Precisamente Hannah Arendt es también un ejemplo de la orientación principal de las filósofas, la política. En esta larga lista se encuentran Rosa Luxemburg, Edith Stein, María Zambrano, Ayn Rand, Simone Weil, Jeanne Delhomme, Ruth Marcus, o Simone de Beauvoir. También es verdad que hay alguna excepción como el caso de Ruth Barcan que, en lugar de la orientación política, tuvo como principal actividad la lógica. Consecuentemente acaba por predominar en la búsqueda de la mujer filósofa algún tipo de situación humana (y no un simple constructo intelectual) al final de su pensamiento. Así, si tomamos como ejemplo ilustrativo la pareja Sartre- Beauvoir, se podría decir que mientras que en el hombre se hace “la doctrina” (en este caso el existencialismo), en la mujer el partido se decanta por “la acción” (en este caso feminismo). Si el hombre quiere cambiar todo el mundo, la mujer prefiere centrarse en cambiar preferentemente la condición del ser humano.
Lo curioso de las mujeres es que cuando deciden aplicarse a estas disciplinas lo hacen hasta el límite. Rosa de Luxemburgo, Margaret Fuller o Simone Weil tienen una vocación política que llega hasta la revolución. Edith Stein, Simone Weil, Teano e Hipatía llegan al misticismo cuando se aplican en religión. Ruth Marcus, pese a ser un caso atípico entre las filósofas, también asume esta “condición límite” cuando busca los márgenes de la lógica en el formalismo más absoluto.
Aunque siempre habrá dudas sobre el peso e importancia de la histórica marginación social de la mujer en cuanto a su actividad filosófica, también hay que tener en cuenta que la filosofía es una de las pocas actividades para las que llega como requisito suficiente el tener un cerebro y ganas de pensar. En cuanto a esto se podría decir que las mujeres se encuentran en igualdad de condiciones respecto a los hombres. Si la cuestión sociológica hubiese sido tan determinante quizás habría que esperar que, al menos de manera furtiva, hubiesen aparecido una mayor cantidad de textos que demostrasen la producción filosófica de las mujeres.


