Mostrando entradas con la etiqueta Psicología. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Psicología. Mostrar todas las entradas

A las mujeres les gusta que las maltraten

| | 7 comentarios |

Entiéndaseme bien. El titular del artículo pretende expresar más claramente lo mismo que Fernando Gálligo Estévez, psicólogo del instituto andaluz de la mujer, ha dicho más suavemente con la afirmación de: “A muchas jóvenes les siguen gustando los chicos malotes”. Además hay que entender que el titular se refiere a una tendencia general, un rasgo frecuente del carácter. Como tal, es susceptible de ser más o menos intenso, o incluso de anularse en algunas mujeres.
El atractivo que muchas féminas parecen encontrar en los hombres que descaradamente realizan un mal comportamiento de forma generalizada parece residir en que ellas creen atisbar en esta clase de actos un indicio de masculinidad. Es por esto que los resortes biológicos parecen activarse indicándoles, por medio del atractivo sexual, que el hombre adecuado es el que se presenta como malvado. Teniendo en cuenta que el comportamiento perverso que les produce tan favorable impresión sea seguramente el mismo que dejará sus huesos, su alma, o ambos lastimados, habrá que suponer que, desde un punto de vista evolutivo, esta elección es un fracaso.
Aunque Gálligo prefiere centrarse en lo políticamente correcto y en lo patológico, refiriendo esta situación a una de maltratos previos, lo cierto es que la tendencia se encuentra tan extendida que difícilmente se puede circunscribir únicamente a este referente, aunque sí que sea cierto en bastantes casos. Comprender que en las personas coexiste lo animal y lo humano nos ayuda a ver que el sexo también determina el carácter de los individuos y las relaciones entre ellos.
Muchos niños, cuando consiguen ver relaciones sexuales, frecuentemente confunden o asocian éstas con un acto violento. Si bien esto suele ser una malinterpretación debido a la novedad, tampoco andan muy desencaminados. Para empezar, desde un punto de vista superficial, lo que el niño suele ver es cómo un hombre ejerce una acción sobre una mujer y ésta profiere alguna clase de “gritos” (gemidos). Resulta lógico que, al no saber lo que está sucediendo, pueda pensar que se está infringiendo algún tipo de daño sobre la mujer pues ésta parece lamentarse. Esta percepción infantil ayuda, sin embargo, a ver la situación desde un punto de vista más neutro dejando más a las claras una de las connotación del sexo, lo que se podría llamar “dominación” o “conquista”. Palabras que aquí hay que entenderlas de un modo connotativo y no de una manera “estricta”. Lo que ya está probado y delimitado desde un punto de vista biológico es que la agresividad es mayor en el hombre que en la mujer. Evolutivamente cabría pensar que un mínimo de agresividad haya resultado necesaria para franquear la barrera del “himen” y que, quizás, si el hombre no tuviese ese punto extra de agresividad la especie no se hubiese multiplicado por medio de otros caminos. Pero, como decía antes, sexo y carácter se hayan relacionados haciendo que las características de cada sexo tengan su prolongación en los individuos. De esta manera, por ejemplo, los hombres suelen preferir opciones que les supongan alguna clase de poder o estatus, mientras que las mujeres tienen una mayor capacidad para lo que podríamos llamar “receptividad productiva”. Fijándonos en aspectos de esta clase veremos que la combinación no es tan distante a la que se da en este “paradójico gusto” de las mujeres por ser maltratadas. De una manera similar, la acción, se desarrolla en la misma dirección. Es decir, es el varón el que muestra su agresividad, el que infringe algún tipo de acción para interactuar con la mujer. Así pues, desde un punto de vista emocional, no resulta tan extraño que el “gusto por el maltrato” se pueda asociar a lo que sería una relación normal de carácter sexual.
Existen además otra serie de factores que inciden en esta fascinación por lo malvado. La teoría de Stendhal de la cristalización en el amor creo que es un buen paradigma. En ella se describe cómo, para alcanzar las más altas cotas de emoción, se hace necesario un período de “desengaños”. Una forma de tensar la cuerda pero sin que ésta se rompa. Estos desengaños permiten saltar a las siguientes cristalizaciones ya que alimentan el deseo y, sobre todo, la esperanza. Aunque la cuerda se pueda “tensar” de distintos modos, uno de ellos es el manido “mal comportamiento”. Algo que, además, recupera la fascinación humana por lo inalcanzable, lo vital, o, incluso, por lo que Conrad describiría en “El Corazón de las tinieblas” como el “horror” de la existencia.

Seguir leyendo...

La "envidia del pene" y la personalidad femenina

| | 10 comentarios |

Envidia del pene

El concepto de “envidia del pene” que Freud asignaba a las mujeres buscaba describir una característica de la personalidad femenina que había percibido y que se hallaba fuertemente arraigada en la sexualidad. En la representación de Freud se supone que en cuanto las niñas conocen que no tienen algo que sí tienen los niños surge en ellas la envidia. Uno de los problemas de esta idea es que Freud pertenecía a una sociedad burguesa extremadamente machista en la que la mujer tenía un límite muy definido de lo que podía y no podía hacer, de lo que podía y no podía ser. El propio Freud acabó aplicando estos prejuicios a su concepción de la mujer hasta llegar a clasificarla de una forma más o menos encubierta como “hombre sin pene” o, lo que es lo mismo, como un hombre incompleto y de segunda clase. Entre otras cosas no quiso ver, por ejemplo, el proceso inverso. Es decir, lo que la psicoanalista Karen Horney describió como “envidia del útero” por parte del hombre.
Pese a los desaciertos de la idea original de Freud hay un dato que sí parece más claro, el que la mujer tiene una mayor tendencia a conseguir algunos de sus objetivos por medio de los demás más que por sí misma. Ciertamente este rol puede ser desempeñado por ambos sexos, pero en el caso de la mujer se podría decir que es un camino para el que es más proclive debido al origen sexual de este rasgo del carácter. Si en el sexo el hombre “da” (incluso pese a la racanería del carácter de muchos de ellos), la mujer se posiciona en el rol de “recibir”. En este sentido podría comprenderse algunas de las motivaciones de la preocupación femenina por lograr atractivo. Lo que tiene de peculiar el buscar atractivo es que la forma de medirlo no depende del que lo busca, depende del resultado que obtenga quién lo persigue. Por este camino se va perdiendo la perspectiva de lograr las cosas por sí mismo y se espera conseguirlas por medio de los demás.
El carácter sexual de esta “envidia” (seguramente envidia no es la palabra más adecuada) tiene más bifurcaciones. Por ejemplo, podría decirse que, en cierto modo, el sexo termina para el hombre con el coito mientras que para la mujer el proceso puede no terminar aquí. Es decir, si la mujer ha quedado embarazada el proceso iniciado en el sexo continúa en alguna medida, no debe de afrontar inmediatamente “la nada” como el hombre. En cualquier caso lo decisivo es comprender cómo esta característica sexual se arraiga en el carácter. Cuando una mujer es consciente de que hay cosas de gran importancia para ella (algunas incluso decisivas) comienza a desarrollar la inteligencia por unos caminos distintos a los que suele utilizar el hombre. Aunque también existe la vanidad masculina lo más frecuente será que el hombre sienta motivaciones del exterior e intente alcanzar los objetivos por sus propios medios.
¿Qué nos deja entonces esta orientación femenina del carácter? ¿Quizás a personas proclives a manipular a los demás y a los del otro sexo con especial interés? En cualquier caso hay que reconocer que los manipuladores pueden estar en todos los bandos y que pueden tener otras motivaciones.

Seguir leyendo...